¿El mundo se va a acabar? Cuatro amenazas para el fin del mundo
Cuando
Dios abrió el primer sello, apareció un caballo blanco y el que lo
montaba partió como vencedor y para vencer; al abrir el segundo sello,
apareció un caballo de color rojo fuego y al que lo montaba se le ordenó
que desterrara la paz de la tierra; cuando abrió el tercer sello, el
caballo era negro y el que lo montaba tenía una balanza en la mano. Al
abrir el cuarto sello, se presentó un caballo verdoso y a quien lo
montaba
lo llamaron Muerte.
Casi dos mil años han transcurrido desde que Juan reveló así
el principio del fin del mundo,
un Apocalipsis bíblico repleto de símbolos que hoy en día se siguen
interpretando. ¿Qué sucesos infaustos e impredecibles amenazan hoy el
orden regular de la Humanidad? ¿Lanzará el Sol una iracunda llamarada
sobre la Tierra desprotegida? ¿Incendiará su núcleo hasta hacerlo
estallar? ¿Provendrá el exterminio de un enemigo diminuto?
Cuatro
nuevos jinetes del Apocalipsis podrían ser liberados y con voz de trueno
decir “¡Ven!”, haciendo que se cumplan las famosas profecías mayas.
Peligro: tsunami solar.
Una
tormenta de radiación podría golpear la Tierra y desencadenar una catástrofe en el suministro de energía y las telecomunicaciones.
Las
manchas solares son signo inequívoco de un aumento en la actividad
magnética del Sol. Y cuando el Sol despierta, los problemas empiezan a
multiplicarse. Los científicos de la NASA han advertido sobre la
posibilidad de que en los próximos dos años nuestra estrella se enfade y
escupa hacia la Tierra 10 mil millones de toneladas de plasma que
viajarían por el espacio a la vertiginosa velocidad de más de 2 mil
kilómetros por segundo. En tres días y medio, la nube de gas ionizado,
también
conocida como gran eyección de masa coronal (CME), llegaría a la Tierra y provocaría una
tormenta geomagnética que alteraría los campos eléctricos y sembraría caos.
La
única gran tormenta de estas características registrada hasta el
momento sucedió en 1859. Dejó buena cuenta de ello el astrónomo Richard
Carrington, y por eso se conoce con el sobrenombre de
Evento Carrington.
La electricidad inducida por el fenómeno era tan intensa en el ambiente
que generó auroras boreales en todo el planeta; en cuestión de
telecomunicaciones, las líneas de telégrafos, el medio más avanzado de
la época, enloquecieron enviando señales equivocadas.
Algo
parecido sucedió en 1989 en la ciudad canadiense de Quebec, después de
que los científicos detectaron manchas solares que habían crecido
desproporcionadamente. Se sucedieron destellos y se detectaron 36 CME, y
como consecuencia se produjo una repentina
sobrecarga que colapso la red de suministro de energía.
Seis millones de personas se quedaron sin electricidad durante horas.
“Las brújulas se desviaron varios grados, muchos satélites perdieron
altura (hasta 800 metros) y un satélite militar no pudo compensar el
efecto y empezó a dar volteretas”, explica Philip Plait, autor del libro
Death from the skies (La muerte llega desde el cielo).
En
la actualidad, la cantidad de ondas de radio que llegarían a la Tierra
sería tal que los radares quedarían inutilizados, y la radio de onda
corta dejaría de funcionar por las alteraciones que sufriría la
ionosfera. Un informe de la NASA incluso señala que la CME podría ser
tan potente que provocaría una tormenta geomagnética que dejaría sin
suministro eléctrico a todo Estados Unidos. ¿Realmente hay de qué
preocuparse?
Rastrear el origen.
Las
manchas solares son zonas más frías de la superficie del Sol, o
fotosfera. Esta se encuentra a 6 mil grados centígrados, y las manchas, a
varios centenares de grados menos. Son resultado de las tensiones del
campo magnético en el interior de la estrella, cuyo núcleo alcanza los
15 millones de grados centígrados. En la parte más exterior hay una zona
llamada de convección, que rota a velocidad distinta de la del resto
del interior solar. Esta diferencia en la velocidad de rotación genera
las mencionadas tensiones en el campo magnético.
Este fenómeno se denomina dinamo.
A
medida que pasa el tiempo, las turbulencias van en aumento, y las
manchas solares se multiplican y lanzan llamaradas de intensidad
variable. Así, hasta que el Sol alcanza su máxima actividad. Entonces
las fulguraciones y las eyecciones de masa coronal son cada vez más
intensas. Es el momento de máximo peligro ya que es cuando hay más
posibilidades de que una CME provoque grandes desperfectos en la
superficie de nuestro planeta.
“Se produce cuando el campo
magnético del gas ionizado expelido por el Sol, que se acerca hacia la
Tierra a unos 2 mil 500 kilómetros por segundo, viene alineado con el
campo magnético de la Tierra y con el polo opuesto”, explica Luis
Sánchez, coordinador de datos científicos de la misión Soho de la
Agencia Espacial Europea (ESA). Normalmente, estas ráfagas solares no
llegan en esa posición. Sería mucha casualidad, pero es posible. “Cuando
el campo magnético proveniente del Sol no está alineado con el de la
Tierra, chocan como dos pompas de jabón”, ilustra con esta analogía el
experto. “El campo magnético de la Tierra nos protege de estos eventos.
Sin él, nuestro planeta sería un lugar yermo golpeado por rayos
cósmicos”.
El Sol comenzó a despertar a principios de agosto del
2010. Y ya los científicos del Centro de Astrofísica Harvard-Smithsonian
anunciaron preciosas auroras boreales por efecto de una CME de baja
intensidad. “Esta erupción es la mayor desde hace bastante tiempo que se
dirige directamente hacia la Tierra”, comentaba León Golub, miembro de
este equipo. “Es el primer signo de que el Sol está desperezándose y se
dirige hacia otro máximo de actividad”, apuntaban estos en su boletín de
prensa.
Consecuencias colosales.
Para
monitorear las fulguraciones se cuenta con una flota de satélites
situados en el espacio vigilando al astro rey. En febrero del 2010 se
lanzó la sonda SDO, que toma imágenes cada diez segundos. Ya en 2006 se
había puesto en órbita la sonda japonesa Hinode, y el mismo año, la NASA
lanzó el par de sondas STEREO. Cada una de estas se situó de manera que
al combinar sus fotografías se obtuvieran, por primera vez, imágenes
tridimensionales del Sol.
Tanto la ESA como la NASA están
investigando con más detalle los posibles efectos de una exposición a la
radiación, para diseñar materiales que las frenen o nos protejan. La
ESA planea lanzar en 2018 la sonda Solar Orbiter, que se situará a 45
millones de kilómetros de la Tierra, es decir, lo más cerca del Sol que
haya estado situada nunca una nave de observación. La NASA, por su
parte, desarrolla la nave Solar Probé, que se adentrará en la corona,
una de las zonas más calientes y desconocidas del astro. Juntos se trata
de crear un aparato internacional de millones de dólares ante una
inminente explosión cuyas posibles consecuencias, bien a bien, no han
podido ser determinadas con antelación.
¿Cuáles pueden ser las
consecuencias? Para empezar, los satélites que no estén preparados no
podrán aguantar el chorro de partículas de alta energía. De los miles
que hay en órbita (cerca de 8 mil), algunos no funcionarían por las
corrientes eléctricas que se generarían por inducción en sus circuitos, o
quedarían achicharrados. El chorro también podría penetrar en los
vuelos comerciales que viajen a gran altitud, lo que afectaría la salud
de los viajeros. También quedaría mermada la capa de ozono, que
disminuiría sobre todo en las regiones polares.
Así que no te
angusties; las principales agencias espaciales ya trabajan para
comprender y paliar los daños que pudiera causar la
temida explosión solar.
La Tierra sin escudo.
El campo magnético del planeta se debilita aceleradamente. ¿Provocará esto que perdamos nuestra protección ante el Sol?
Hace cinco décadas, especialistas en geología y oceanografía encontraron
señales de magnetización en las rocas del lecho marino.
El hallazgo no habría representado mayor novedad si no fuera porque la
polaridad de algunas rocas apuntaba hacia el Norte -como las brújulas- y
la de otras señalaba hacia el Sur. Tras un considerable número de
estudios y análisis, se concluyó que existe la posibilidad de que se
inviertan los polos magnéticos de la Tierra, como sucedió hace unos 780
mil años. Este impredecible suceso podría implicar un debilitamiento
extremo de la magnetosfera terrestre, ese escudo invisible que protege
la Tierra y a sus habitantes del viento y la radiación solares.
Con Norte incierto.
En
el centro de la Tierra existe un núcleo sólido de hierro, rodeado por
un flujo de hierro líquido. Ambos rotan a diferentes velocidades y este
movimiento desacoplado crea corrientes llamadas de convección, que
convierten el núcleo terrestre en un gigantesco dinamo, o geodinamo,
produciendo el campo magnético que forma la magnetosfera, y da origen a
los polos magnéticos terrestres.
Desde hace mucho tiempo la
ciencia sabe que el polo norte magnético se mueve. En los últimos 150
años, se ha alejado unos 1,100 kilómetros del Ártico. De hecho, en 2009
se detectó un movimiento hacia Rusia, a una velocidad de casi 64
kilómetros por año y, en África, las brújulas ya se mueven hacia el Sur a
razón de casi un grado por década.
Según Joseph Stoner,
paleomagnetólogo de la Universidad Estatal de Oregon, la velocidad de
desplazamiento del polo magnético se ha incrementado durante el último
siglo, en comparación con los 400 años anteriores. Además, en 2003,
expertos de la Unión de Geofísicos de Estados Unidos señalaron que
el campo magnético de la Tierra se había debilitado entre 10 y 15% en los últimos 150 años. ¿Por qué? Los científicos no lo saben con certeza.
El
campo magnético está sujeto a variaciones temporales que pueden durar
desde fracciones de segundo hasta eras geológicas. Las variaciones
cortas tienen principalmente un origen externo y son causadas en general
por influencia de la actividad del Sol, como las eyecciones de su
corona y el viento solar.
Las variaciones de muy largo plazo se
llaman seculares y se producen en escalas que van de décadas hasta
millones de años. Son provocadas por los cambios en el flujo, como parte
del proceso del geodinamo interno de la Tierra. Durante estas
variaciones, normalmente se alternan periodos en los que la fuerza
magnética terrestre aumenta o se debilita, para luego revertirse o
invertir su polaridad. Si la polaridad reaparece en la misma dirección,
se conoce como excursión magnética; si reaparece en la dirección
opuesta, se denomina inversión. Hasta ahora, este suceso es una de las
incógnitas terrestres más profundas; aunque en términos generales el
campo magnético global parece reducirse de manera importante, su cambio
secular está distribuido de manera desigual en distintas zonas del
planeta. Por ejemplo, en 2003, se encontraron profundos cambios en el
campo magnético de la región de Asia austral; un año después, los
cambios se concentraban en el sur de África. En 2008, Mioara Mandea, del
Centro Alemán de Investigación de Geociencias, y Niels Olsen, del
Centro Espacial de Dinamarca, publicaron en Nature Geoscience un estudio
realizado con base en datos satelitales. Los geofísicos detectaron una
reducción del campo geomagnético en la región del Atlántico Sur, con un
área mucho más débil al Este de Brasil. En esa región, conocida como
“Anomalía del Atlántico Sur”, el continuo debilitamiento del campo
magnético ha disminuido su efecto protector contra la radiación natural
proveniente del espacio, lo que vulnera el funcionamiento de los
satélites que pasan por la zona.
¿Abrasados?
Si
el debilitamiento magnético redujera nuestra magnetosfera a cero, la
Tierra quedaría a merced de un grave aumento en la radiación espacial y
solar. El bombardeo del Sol se incrementa durante las eyecciones de masa
coronal, que suelen producirse en los picos máximos de actividad solar,
cada 11 años, y se calcula que el próximo pico máximo ocurrirá en
máximo un año. Al desviar las partículas,
la magnetosfera impide
que recibamos toda esa radiación, y sin ella, la atmósfera terrestre
podría ser arrasada poco a poco, en un proceso equivalente a la erosión
del viento sobre las arenas del desierto, perdiéndose en el espacio junto con todos los gases que hacen posible la vida.
Algo así pudo haber sucedido en el planeta Marte.
El desaparecido investigador de la NASA, Mario Acuña, pensaba que el
campo magnético del planeta rojo, hoy prácticamente inexistente, pudo
ser similar al terrestre. Al perderlo y quedar expuesto a la radiación
solar durante millones de años, la atmósfera marciana gradualmente se
habría esfumado, dejando el mundo estéril que conocemos.
Mañana o pasado.
El
campo magnético de la Tierra se ha revertido cientos de veces en los
últimos mil millones de años sin perderse totalmente. De acuerdo con
investigaciones del geofísico Brad Clement, de la Universidad
Internacional de Florida, en los últimos 15 millones de años se han
presentado cuatro inversiones bipolares por cada millón de años. Esto
implicaría, en promedio, un proceso completo de inversión cada 250 mil
años.
Si bien la inversión más reciente fue hace unos 780 mil años
-mucho antes de que la humanidad dependiera de la vulnerable
tecnología-, se piensa que las inversiones bipolares no ocurren en
periodos fijos ni tienen un limite de tiempo establecido y pueden durar
miles o millones de años. Científicos como John Tarduno, de la
Universidad de Rochester, aseguran que las excursiones del campo
magnético son más frecuentes que sus inversiones, así que el
debilitamiento magnético detectado en la Tierra podría pertenecer más
bien a la primera categoría, y revertirse sin problema en algunos
siglos.
En cualquier caso, David Stern, investigador emérito del Centro Espacial Goddard, señala que,
durante una reversión de polaridad, el campo magnético nunca se extinguiría sino que sólo se debilitaría,
tal vez desarrollando más polos en lugares impredecibles. Geofísicos de
la NASA demostraron hace años que la fuerza magnética podría
redistribuirse en un sistema más complejo de cuatro o más polos. En
cualquier caso, cuando el cambio suceda, será gradual, asegura Stern. De
hecho, nuestros primeros ancestros sobrevivieron a este fenómeno
probablemente más de una vez. “Será algo por lo que debamos
preocuparnos, pero no una catástrofe”, asegura Gary Glatzmaier, de la
Universidad de California. ¿Será?
Furia de fuego: Yellowstone.
¿Puede la presión acumulada debajo de los supervolcanes darnos una desagradable sorpresa?
A
principios de 2010 la erupción del volcán islandés Eyjafjallajókull
paralizó por varias semanas el tráfico aéreo en el hemisferio norte. El
fenómeno natural fue sorpresivo y catastrófico y las pérdidas
registradas se sumaron en miles de millones de dólares. A pesar de ello,
el evento podría ser minúsculo si lo comparamos con
la furia que puede albergar uno de los llamados supervolcanes. Y existe más de uno en el mundo, así que las posibilidades se incrementan.
Según el Servicio Geológico de los Estados Unidos (USGS),
un supervolcán es aquel que cuya erupción genera una expulsión de más de mil kilómetros cúbicos de material
(entre cenizas, lava y gases) hacia el exterior. Como comparación, la
erupción del volcán Pinatubo en Filipinas, en 1991, apenas lanzó 4.8
kilómetros cúbicos de material hacia la superficie del país asiático.
Y aunque las
erupciones de supervolcanes
ocurren cada cientos de miles de años, su capacidad destructiva puede
ser devastadora. De acuerdo con investigaciones del científico británico
Teal Riley en el British Antarctic Survey, los supervolcanes no sólo
son explosiones extremadamente violentas, sino muy prolongadas:
pueden durar miles de años en erupción continua.
Esto
fue lo que sucedió en la meseta de Decán, una extensión de miles de
kilómetros cuadrados al Oeste de India. Una serie de erupciones de
supervolcanes al final del periodo Cretácico, hace 68 millones de años,
cubrieron dicha meseta con una capa de casi un kilómetro de material
volcánico que aún se alcanza a ver.
Aunque se sabe acerca de las
fuerzas que dan origen a estos colosos de fuego, gracias al trabajo de
científicos en el Integrated Ocean Drilling Program (IODP), en 2009 se
pudo determinar que a diferencia de los volcanes “normales”, cuya lava
proviene de las capas inferiores de la corteza a pocos kilómetros de la
superñcie, los supervolcanes tienen su origen en flujos de magma que
vienen directamente del manto terrestre, a una profundidad superior a 25
kilómetros. Y las consecuencias también son considerablemente más
profundas.
Toba: crónica devastadora.
La última megaerupción de este tipo sucedió hace aproximadamente 74 mil años en lo que ahora se denomina
lago Toba, en Sumatra,
una isla en Indonesia. La erupción, que duró alrededor de un milenio,
arrojó a la atmósfera aproximadamente 3 mil kilómetros cúbicos de
material que, según especialistas del Observatorio Volcánico Hawaiano,
sepultaron más de 20 mil kilómetros cuadrados de la isla
(aproximadamente el 4% de su extensión total) bajo una capa de hasta 600
metros de espesor.
Además, buena parte del hemisferio sur (desde
Arabia hasta el Mar de China) recibió una capa de hasta 15 centímetros
de ceniza. Según el antropólogo Stanley Ambrose, de la Universidad de
Illinois, la temperatura planetaria cayó aproximadamente seis grados
centígrados, lo que propició
un invierno mundial de media década y catastróficas consecuencias para la vida, tanto animal como vegetal.
Hoy, los vulcanólogos están más que pendientes de este fenómeno.
¿Un apocalipsis cercano?
Un peligro latente duerme bajo Norteamérica:
el Yellowstone.
Conocido por el parque natural homónimo ubicado entre los estados de
Wyoming, Idaho y Montana, en Estados Unidos, es en realidad la caldera
(una cavidad subterránea) que el volcán dejó tras su última erupción,
hace aproximadamente 640 mil años; un episodio denominado Lava Creek.
En
la década de 1980, el geólogo estadounidense Robert Christiansen halló
que debajo de la denominada meseta Yellowstone se hallaba una red de
conductos y cámaras de 6 mil 500 kilómetros cuadrados de extensión que
podría contener hasta 24 mil kilómetros cúbicos de magma, que
constantemente fluye hacia una serie de calderas ubicadas decenas de
kilómetros bajo la superficie.
Ocasionalmente estos flujos de
magma llegan a la superficie y se derraman por la caldera en explosiones
menos violentas pero no menos dañinas. Mediciones del USGS descubrieron
que el último derrame ocurrió hace 70 mil años y cubrió con lava una
zona de 340 kilómetros cuadrados.
De acuerdo con el doctor
Christiansen, hace un millón de años quedó taponado el conducto de magma
que nutre las cámaras bajo el supervolcán, pero hace 200 mil años una
serie de temblores fracturó el tapón, lo que reinició el flujo de lava y
permitió la erupción de Lava Creek hace 640 mil años.
¿Qué podría
hacer estallar la próxima vez al Yellowstone? Se especula que
filtraciones de grandes cantidades de agua podrían elevar repentinamente
la presión al interior, desencadenando una violenta erupción. Se sabe
que la erupción Lava Creek ocurrió en el transcurso de pocos días debido
a la acumulación súbita de presión.
¿Cuándo podría presentarse de nuevo?
Una
explosión similar hoy en día sería devastadora. Por inicio de cuentas,
la región del Medio Oeste norteamericano (donde se han depositado
cenizas de las últimas erupciones del Yellowstone) pondría en peligro el
suministro mundial de alimentos: la ceniza volcánica sobre el estado de
Iowa destruiría el 7.4% de todo el maíz sembrado en el planeta.
Por
otro lado, centros urbanos del sur de Estados Unidos, desde San Diego
hasta Houston, se verían severamente afectados: la caída de ceniza
destruiría parte del cableado y la infraestructura de
telecomunicaciones; el suministro de agua quedaría contaminado y las
plantas de energía eléctrica quedarían inutilizadas por bloqueos de
ceniza.
Otra grave afectación sería consecuencia de la radiación
solar que llega al hemisferio norte de la Tierra. Una investigación
realizada en 2005 por investigadores del Instituto Max Planck señaló que
la Tierra se vería afectada por el bloqueo de la capa de ceniza
“suspendida en la atmósfera, provocando un descenso de varios grados en
la temperatura por lo menos durante un año.
Los tiempos geológicos
se miden por miles de años, y nadie puede afirmar la inminencia de una
erupción con fecha precisa. Como afirma el periodista Greg Breining,
autor de Super Volcano: “Es inquietante -y un poco alarmante- considerar
los momentos de las supererupciones en Yellowstone: hace 2.1 millones
de años, 1.3 millones de años y 640 mil años. Los intervalos son de 0 a
800 mil años. Esto sugiere que se acerca otra explosión y en tiempo
geológico, ¡pronto!”
El nuevo cártel sin drogas.
Nos estamos quedando sin antibióticos para combatir un creciente grupo letal de superbacterias.
En
agosto de 2010, la revista The Lancet publicaba que un grupo de
bacterias compartía una enzima capaz de bloquear el efecto de
prácticamente todos los antibióticos conocidos. En Inglaterra ya se
habían presentado 37 casos de pacientes infectados, 44 en Madras y 26 en
Haryana, India, además de 73 en otras poblaciones de Asia.
El equipo de científicos que estudió los casos detectó que las bacterias compartían un mismo gen bautizado como New Delhi meta
llo-beta-lactamasa o NDM-1. Las bacterias que lo incorporaban en su
material genético se hacían resistentes a los antibióticos
betalactámicos, a las fluoroquinolonas, a los aminoglicócidos.
Se convertían en superbacterias.
Por
suerte, la polimixina y la colistina, dos poderosos antibacterianos,
resultaron efectivos para controlar la enfermedad. Pero el problema, a
los ojos de los investigadores, no era sólo la nueva enzima sino también
la facilidad con que las bacterias de diferentes especies estaban
compartiendo la información genética para fabricarla.
“Por cuenta
del turismo médico y los viajes internacionales en general, la
resistencia de este tipo de bacterias tiene el potencial de esparcirse
alrededor del mundo muy, muy rápido. Y no tenemos nada en la línea de
desarrollo de medicamentos para atacarla”, comentó en ese momento
Timothy Walsh, de la Universidad de Cardiff, en Gran Bretaña, quien
lideró el estudio.
El temor de regresar a la era preantibiótica es
compartido hoy por la mayoría de infectólogos. Los tiempos en que un
absceso bucal, una neumonía o una simple infección urinaria cortaban de
tajo la vida de una persona podrían estar cerca.
Demasiado cerca,
quizás. Sólo en Estados Unidos, dos millones de personas adquieren
infecciones cada año dentro de los hospitales -el escondite favorito de
las superbacterias- y 90 mil fallecen a causa de ellas. Cerca del 70% de
esas infecciones son resistentes al menos a un medicamento. En pocas
palabras,
“las superbacterias” cobran más vidas que la epidemia del VIH en ese país.
“Las
bacterias son las campeonas de la evolución, pocos microorganismos se
han adaptado a tal punto que representan un verdadero reto clínico para
los humanos”, señala César Arias, infectólogo y profesor de la Escuela
de Medicina de la Universidad de Texas. Los homínidos llevamos seis
millones de años con los pies sobre la superficie de la Tierra; las
bacterias, más de 100 millones.
Junto a la doctora Barbara Murray,
en el departamento de enfermedades infecciosas de la Universidad de
Texas, Arias se ha dedicado a estudiar la resistencia bacteriana a los
antibióticos, un tema catalogado por la Organización Mundial de la Salud
como uno de los tres mayores riesgos para la salud humana.
Cuando
se le pregunta cuál es la lista de bacterias a vencer, cita el acrónimo
“ESKAPE”. Cada letra de esta palabra coincide con las iniciales de los
agentes patógenos más resistentes:
Enterococcus faecium, Stapluylococcus aureus, Klebsiella pneumoniae, Acinetobacter baumannii, Pseudomonas aeruginosa y las especies del género
Enterobacter. Es el cártel de los más buscados.
“El
problema nació casi a la par con los antibióticos”, apunta Arias al
remontarse medio siglo en la historia. Tras la aparición de la
penicilina, los laboratorios farmacéuticos salieron a la caza de
sustancias similares. En 1945 aparecieron las cefalosporinas, luego los
aminoglucósidos, más tarde las tetraciclinas, los macrólidos, los
glicopéptidos, la rifamicina. Hacia la década de los 60 también se
sumaron los nitroimidazoles, las quinolonas y el trimetoprim, y al
despuntar el siglo XX, nacieron la oxazolidinones y los lipopéptidos.
Parecía que la batalla se inclinaba a nuestro favor.
Pero las
bacterias no se quedaron atrás. Según Arias, aprovecharon cada descuido
humano en el exagerado y mal uso de los antibióticos para aprender a
sobrevivir.
Un buen ejemplo del camino que han seguido es el del
Staphylococcus aureus metilino-resistente (MRSA), un viejo conocido de
la Medicina en todo el planeta. Presente en la mucosa y la piel de al
menos un tercio de la población mundial, siempre está al acecho.
Apenas
cuatro años después de comenzar la producción masiva de penicilina, en
1947 se detectó la primera cepa de Staphylococous resistente a esta
droga. Hoy, más de 50% de las cepas son inmunes a ella. Los médicos
comenzaron a usar meticilina para derrotarlo. A través de una serie de
mutaciones genéticas, el estafilococo dorado aprendió a eludir el cerco.
Cuando comenzó a ser controlado con otro antibiótico más poderoso como
la vancomicina, algunas colonias de la bacteria hallaron una vez más la
puerta de salida. Esta vez al adquirir el gen van A, originalmente
descritas en bacterias del género Enterococcus. Por suerte, son pocos
los reportes de este supercoco resistente a la vancomicina en el mundo, y
un buen número de antibióticos orales sigue siendo útil para
controlarlo.
El origen de la resistencia.
Para
José Sifuentes Osornio, presidente de la Asociación Mexicana de
Infectología y Microbiología Clínica, son tres los factores que se han
combinado en esta delicada situación que amenaza la salud pública.
Por
un lado, el abuso de la comunidad médica de los antibióticos. “Muchos
los usan para resolver problemas que no los necesitan”, dice. En Estados
Unidos, por ejemplo, un estudio de 1998 estimó que 55% de todos los
antibióticos prescritos para infecciones respiratorias en pacientes
extrahospitalarios (22.6 millones de dosis) eran innecesarios. En
segundo lugar, aunque se ha atemperado, el abuso por parte de la
población mundial. En tercer lugar está el uso de antibióticos por un
grupo heterogéneo de actores, entre ellos los que se dedican a la
acuicultura, la ganadería y la agricultura. Michael Pollan, profesor de
la Universidad de Berkeley y autor del libro
In Defense of Food
(En defensa de la comida), señala que 70% de los antibióticos van a la
agroindustria, pues el ganado que recibe pequeñas dosis de antibióticos
es más productivo, y eso rige para el ganadero.
Encima de todo,
entre 1983 y 1987, la Agencia de Fármacos y Alimentos (FDA, por sus
siglas en inglés) aprobó 16 antibióticos; entre 2003 y 2007, apenas
aprobó cuatro más; en 2009, sólo uno. El futuro no luce prometedor:
sólo seis de las cerca de 500 drogas que actualmente se desarrollan corresponden a antibióticos.
¿Quién quiere invertir en medicamentos que se usan pocos días y además
son estrictamente controlados, si los esfuerzos se pueden concentrar “en
tratamientos contra el cáncer que cuestan varios miles de dólares por
paciente o medicamentos que se deben tomar a lo largo de toda una vida?