Hace unos meses un hombre mató a golpes a otro
después de varias peleas por la ubicación del contenedor de basura de la
cuadra. Según se supo, el inmenso tacho molestaba al agresor porque le
obstruía la visión a su madre, que vigilaba desde la casa cuando él
estacionaba el auto; entonces, todos los días lo llevaba a la esquina, y
su vecino lo devolvía a su lugar por la noche. Pero un día la discusión
se les fue de las manos.
El presidente de la cooperativa El
amanecer de los cartoneros, Sergio Sánchez, recuerda esta noticia
policial para graficar al extremo los conflictos generados entre vecinos
desde que los contenedores irrumpieron en el paisaje de la ciudad de
Buenos Aires. "Siempre encontramos que los corren, que los quisieron
llevar a la esquina, que los bajan de la vereda. A otros directamente
los tiran al medio de la calle", cuenta este "promotor ambiental", como
lo bautizó el gobierno en su nuevo sistema de recolección de residuos.
"Si tenés un negocio, un quiosco, un restaurante, un negocio de ropa no
lo querés tapando tu vidriera. Por eso los corren y los encontrás en
cualquier lado menos donde tienen que estar", explica.Donde tienen que estar hace referencia al lugar que les asignó el ministerio de Ambiente y Espacio Público porteño. Desde allí informan que "los contenedores están siendo ubicados en lugares establecidos a partir de un análisis técnico que incluye diferentes aspectos: normativos, porque no pueden obstaculizar la entrada y salida de vehículos; viales, ya que no pueden estar frente a paradas de colectivos y de infraestructura, esto es, no pueden obstruir instalaciones de servicios como bocas de tormentas, sumideros o cámaras de luz o gas". Sin embargo, nada de eso parece cumplirse. Con el fin de evitar que los contenedores sean movidos de lugar se realizaron demarcaciones en las calles y en las veredas asignadas.
De la bronca estuvo pensando en bajarlo a la calle para liberar ese lugar, pero con los colectivos teme hacer un desastre. "Si lo hablo con los vecinos seguro que se prenden. Están todos re calientes", dice. Cuenta que denunció en la página del gobierno de la Ciudad las irregularidades que viven desde que pusieron el contenedor frente al edificio. Después supo que, sin ponerse de acuerdo, varios vecinos habían hecho lo mismo. Para todos, la respuesta fue la misma: ninguna.
"A
veces desarman lavarropas y tiran los telgopores en el contenedor. En
dos minutos lo llenan. Lo demás queda afuera. Hasta la entrada del auto
llegan a tapar con la basura que ya no les cabe"
Zunino
vive al lado de un local de electrodomésticos. Cree que eso agrava
todo. "A veces desarman lavarropas y tiran los telgopores en el
contenedor. En dos minutos lo llenan. Lo demás queda afuera. Hasta la
entrada del auto llegan a tapar con la basura que ya no les cabe",
relata. Muestra las fotos de un momento en que el contenedor estaba con
copete, entre el telgopor y otra basura, más cartones y bolsas sembradas
a los costados. "Les tuve que pedir que no sacaran más sus
desperdicios. ¿Cómo hacían antes? Qué vuelvan a la forma anterior; sino
esto es un basural", replica aquella charla. "Esa vez lo hicieron, pero
me tengo que quedar a vigilarlos antes de que cierren y no puede ser".Según el gobierno de la Ciudad hay colocados 20.262 contenedores metálicos, distribuidos en 15.824 cuadras. Como parte del Plan de Higiene Urbana, que se pretende concluir en 2014, la instalación de estos grandes basureros de 3200 litros de capacidad, está acompañada por una campaña de concientización que informa que allí sólo debe arrojarse basura orgánica y en bolsas de consorcio cerradas. Para lo reciclable están las "columnas verdes", o "campanas", que son de color amarillo y en lugar de una tapa tienen una ranura por donde deben introducirse cartones, papeles y botellas plásticas y de vidrio. Pero la campaña no llega a todos y cada quien le echa la culpa a otro.
Los
contenedores negros, destinados a residuos orgánicos, son receptores de
basura de todo tipo; correrlos a la esquina, un clásico. Foto: LA
NACION / Matías Aimar
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Gómez también usa la palabra "basural" para referirse al frente de su edificio. De mañana todo luce sin mayores problemas; por la tardecita dice que adentro y afuera encuentra maderas, restos de materiales de construcción, lo que venga. "Para el que no lo tiene al frente es mejor porque antes había bolsas negras en tres de las cuatro esquinas. Hay dos negocios y una iglesia. Se quejaban porque tirábamos ahí todos los de la cuadra; los cartoneros las terminaban rompiendo y era un desparramo", recuerda.
El plan diseñado por el gobierno porteño pretende involucrar a los cartoneros como "promotores ambientales" urbanos autorizados a disponer del material reciclable recolectado en los contenedores amarillos o "campanas". "Nosotros no podemos tocar nada de los contenedores negros porque se supone que van a tirar en las campanas, pero esas ranuras son muy incómodas. Quién va a ir a tirar ahí botella por botella. No lo hace nadie y perdemos mucho de lo que conseguíamos antes de la basura", explica Sánchez, referente cartonero, vecino de Villa Fiorito.
"A veces me encuentro con cartoneros adentro del contenedor. Me pegué un susto la primera vez", dice. Suele haber uno afuera teniendo la tapa y un compañero busca en el interior. "Me ha pasado que llego a tirar y uno me dice: 'Dejálo acá afuera que lo revisamos y después lo metemos'. Ví que cumplen".
Sánchez, presidente de una cooperativa con 3000 recicladores, defiende esta actitud con lo que considera un ataque de los encargados. "La discriminación todavía existe con los cartoneros. Tocamos el timbre y nunca tienen nada para darnos, o nos dan muy poco. No nos alcanza si descartamos todo lo que tiran mal en los contenedores", denuncia. Por eso, algunos se zambullen a buscar.
Vivir incómodo: el infierno de dormir entre ruidos, temblores y carteles luminosos
Marcelo
Castresana vive con un amigo en la planta baja de un departamento en
Villa Crespo, sobre Scalabrini Ortiz al 400. Reconoce que se redujo
mucho la basura de esa avenida. Recuerda "montañas" de restos de telas
en las esquinas; es una zona con varias fábricas de ropa. "Algo había
que hacer con esta basura descomunal, pero la mala suerte es que
pusieron un tacho gigante con basura alrededor justo enfrente de mi
casa, que también es sala de ensayo con mi banda", dice Castressana,
cantante de La Runa Mula.
Como la vereda se redujo a la mitad, aunque estén en una planta baja,
ya no resulta tan cómodo entrar y salir con los instrumentos. "Los
chicos, los primeros días lo tiraron a la mitad de la calle, pero volvió
a aparecer en el mismo lugar", cuenta. Se resigna a que el contenedor
sea lo primero que ve cuando sale de su casa.Cae la tarde del sábado pasado y Juan, que cuenta la anécdota pero sin dar su apellido, termina de hacer una limpieza profunda de la baulera de su edificio, en Saavedra. Descubre que una valija grande con los cierres rotos le puede servir de bolsa de consorcio. Allí mete papeles, libros que ni se podían donar, maderas que no va a reutilizar, cables. "Cerré la valija y la despaché en el contenedor que está enfrente de la casa de mi vecino. El viaje con culpa fue cortito", dice, con picardía..